Por Rouslyn Navia Jordán

Celebrando el Día de los Padres en junio de 1991. Fotos: Cortesía de Adriana Pérez
¿Cómo nace un héroe? ¿De qué arcilla están hechos los hombres que
despiertan la admiración de sus semejantes y se convierten en
paradigmas? ¿Será que la diferencia la hace la propia vida y el entorno
en que crecen? ¿Acaso la diferencia la determinan los valores que les
inculcan la familia, la escuela y la sociedad en que se desarrolla su
existencia?
Preguntas interesantes que nos hacemos todos y Gerardo Hernández Nordelo, el cubano joven al que nos aproximamos con estas pinceladas, nos responde desde su injusta prisión con la sencillez habitual.
“Mi madre nació en las Islas Canarias, llegó a Cuba a la edad de 15
años, y fue una persona sin mucha escuela. Hasta sus últimos días
siempre se ocupó de las labores del hogar. Crió primero a sus hijos y
después a sus cinco nietos. Si bien no era mucho lo que podía aportar a
mi formación política, le debo en buena medida mis valores éticos y
morales. Era una persona muy humilde, tan carente de todo tipo de
maldad, que a veces se lo señalaban como defecto. Siempre fue muy
preocupada por los demás, mucho mas que por ella misma.

Junto a su madre y sus dos sobrinas en marzo de 1992.
«Se sabe que los hijos nunca somos una copia fiel de nuestros padres,
pero siempre he dicho que cuanto pueda haber en mí de humildad, de
bondad y cualquier otra característica que se desprenda de lo anterior,
se lo debo a ella, a su ejemplo, y a la crianza que me dio.
«Mi padre y ella se complementaban. El viejo no era muy dado a
mostrar afecto, pero su imagen de rectitud y su fuerte carácter
escondían un gran corazón. No tengo muchos recuerdos de salidas o paseos
con él en mi infancia, porque era una persona totalmente entregada al
trabajo. Desde que tuve uso de razón, y hasta que la enfermedad lo
obligó a retirarse, trabajó en el giro de las tenerías y para él no
existían los horarios. En los fines de semanas, si no tenía trabajos
voluntarios en algún lugar, su “descanso” era trabajar en algo de la
casa.
«En el hogar era la contraparte de mi mamá. La vieja ponía la
ternura, y él era el que establecía el orden. “Deja que venga tu padre”,
era una frase que yo nunca le quería escuchar a mi mamá. El viejo era
muy revolucionario, y desde temprano fue militante del Partido. Él y mi
hermana María del Carmen tuvieron mucho que ver en mi formación
política. Esta última, cuando murió en un accidente en 1998, era
Teniente Coronel de las FAR y profesora del Instituto Técnico Militar,
donde había estudiado.
«Durante mi infancia, hasta que empezaron a llegar los cuñados y
sobrinos, el núcleo familiar lo componían además mis padres y mis dos
hermanas, y de cada uno ellos aprendí algo. Sobre todo les agradezco el
haber sido una familia funcional, unida y sin grandes conflictos. Ni de
mis padres ni de mis hermanas recibí nunca un mal ejemplo que me
pudiera haber marcado o influido negativamente. Es algo en lo que uno no
se detiene a pensar con frecuencia cuando es un muchacho, pero después
se da cuenta de su importancia.
«Pero si bien el hogar y la familia influyeron considerablemente en
mi formación, pienso que mi paso por el Instituto Superior de Relaciones
Internacionales (ISRI) fue esencial en ese sentido. Allí no solo
tuvimos un claustro de profesores de lujo, sino que coincidí con un
grupo de compañeros de los cuales aprendí muchísimo.
«Algunos venían de la Facultad Obrera y eran mayores que los que
acabábamos de terminar el Pre. Había militantes del Partido, dirigentes
sindicales, y algunos hasta habían cumplido misiones internacionalistas.
“Los viejos”, como les decíamos, ingresaron al ISRI para ser
estudiantes a tiempo completo, y se convirtieron en verdaderos
formadores para aquel grupo de muchachos de menos experiencia que
veníamos de preuniversitario. Entre los jóvenes también los había con
tremenda trayectoria como líderes estudiantiles, Vanguardias Nacionales,
y la interacción con todos ellos fue esencial en mi formación.
«Fueron dos escuelas paralelas, la de Relaciones Internacionales, y
la de ética, política, ideología, moral, que fue el resultado de pasar
seis años de mi vida compartiendo todo tipo de experiencias con ese
grupo al que tanto agradezco y del que tan buenos recuerdos tengo.
«Siempre me inspiraron los héroes y mártires de nuestra historia, y
de manera muy especial los de la historia más reciente. Los jóvenes de
la Generación del Centenario, los combatientes de la Sierra y del Llano,
los de Girón… Me ha inspirado siempre el ejemplo del Che, por supuesto,
y los de Fidel, Raúl, Almeida…
«Me inspiran los héroes anónimos de nuestra Patria, los de ayer y los
de hoy, algunos que he tenido oportunidad de conocer, y otros que nunca
conoceré, pero sé que existen. Cuando uno se encuentra en una situación
como la nuestra, necesita inspiración desde que abre los ojos todos los
días, porque nunca se sabe lo que nos va a deparar la jornada, y lo
nuestro ya pasa de 15 años; así que, saquen la cuenta…
«Me inspiran las cartas y demás muestras de solidaridad que,
constantemente, recibimos. Me inspiran todos los patriotas, nuestros
combatientes internacionalistas, los médicos, maestros y demás
colaboradores que cumplen nobles misiones en los más diversos rincones
del mundo. Me inspiran los deportistas que defienden los colores de la
bandera. Los bailarines, músicos y artistas en general que recorren el
mundo poniendo en alto nuestra cultura.
«Me inspiran todos los cubanos que, aun residiendo fuera del país, no
se montan en el carro del odio ni se prestan para el jueguito de
denigrar y agredir a su patria. Me inspira el viejito que hoy a lo mejor
tiene que pasar trabajo vendiendo maní en una esquina porque su pensión
no le alcanza, pero sigue apoyando la Revolución, porque ve el vaso
medio lleno, y no medio vacío.
«Y créanme que no es muela. Cuando abro un periódico y leo lo que
dijo Viengsay Valdés sobre lo importante que es Cuba para ella, eso me
inspira. Cuando leo la historia de la muchacha que pidió un lote de
tierra lleno de piedras y de marabú, y hoy es una productora destacada
de alimentos, me inspira. Me inspiré cuando leí sobre el ponchero en Las
Tunas que en su negocio daba prioridad a las ambulancias y no les
cobraba. Todo eso me estimula, porque me reafirma en la convicción de
que uno no se ha sacrificado por gusto, y de que, aunque hayan algunos
que se desalienten, siempre habrá muchos otros cubanos dispuestos a
llevar la antorcha, y a poner su cuota de sacrificio no solo para
sobrevivir, sino para seguir resolviendo nuestros problemas, y para que,
con permiso de Pablo, esa sociedad que no es perfecta, se acerque cada
vez mas a lo que simplemente soñamos».
(Tomado de Soy Cuba)